domingo, 17 de octubre de 2010

Domingos africanos

Qué fantástico, cuando llega el domingo.

Los afortunados, podemos elegir entre madrugar o no madrugar.

Si no madrugamos, no nos levantamos cuando lo marca un dichoso aparatito con un sonido que realmente llegamos a detestar. En domingo, tenemos la ley de nuestra parte, el poder en nuestras manos y la batalla ganada al despertador.
Pero si optamos por madrugar, es también una manera excelente de empezar un día de descanso, en el que por consecuencia, acabamos de alargar en tiempo.
El tiempo, ese bien escaso de nuestro patrimonio.

Yo adoro madrugar en domingo, y disfrutar sin prisas, de la luz de la mañana y de su silencio.
El silencio del domingo es especial. No se oye el ruido molesto de los coches, ni tampoco el de los peatones o vecinos. Como mucho, te puede acompañar el sonido de los pájaros en su despertar. Y cuando todo esto ocurre, no puedo evitar, en esa tranquilidad que se puede palpar, cerrar los ojos, y por un momento pensar, que sigo en mi querida África.

África. Ese conjunto de lugares visitados y amados, en los que siempre me impregno de serenidad y paz interior.

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