De nombre le pusieron “El Roque de los Muchachos”. La primera vez que escuché esas palabras me sonaron a bar de adolescentes, pero pronto, sorprendida, descubriría lo que realmente era: el rocoso punto más alto de todo un conjunto, desde el cual se podía tocar los sueños.
Sobre las seis de la tarde, comenzó la ascensión. La primera parte se realizó en coche por una curvilínea carretera que iba rodeando el majestuoso conjunto de picos rocosos. A través de la ventanilla del vehículo, podía ir apreciando los anaranjados colores de esas formas originales que se habían ido creando por los movimientos sísmicos de aquella bella zona de la isla, hasta ahora desconocida para mí.
Al llegar a una planicie, el coche se detuvo. Bajé nerviosa, impaciente por saber lo que mis ojos podrían apreciar desde aquellas alturas, ignorando a la vez, lo que acabaría por suceder.
Mis piernas estaban algo cansadas. Llevaban varios días realizando excursiones de muchas horas por toda aquella zona, y empezaban a resentirse. Pero era incapaz de perderme cualquier tipo de experiencia de aquella índole, por lo que enviaba mensajes a mi cerebro para que éste engañase a mis piernas y así, poder ignorar mi patente cansancio.
Empezó la ascensión a pie por aquellas agujas rocosas. Durante el trayecto, tropecé varias veces debido a la terquedad por evitar perderme detalle de lo que abarcaba mi campo de visión. Y finalmente alcancé la cima. Era el punto más alto de toda la isla de La Palma. A lo lejos, se podía divisar el fastuoso Teide.
Falqué los pies en sitio seguro y empecé a girar todo el cuerpo en el sentido de las agujas del reloj, y luego en sentido contrario. Repetí ese movimiento varias veces para poder regrabar una y otra vez en la cabeza, todo lo que contemplaba desde allí, asegurándome de ese modo, que aunque pasara mucho tiempo, aunque mis ojos no lo volvieran a apreciar, mi mente nunca lo olvidaría.
Dada la hora que era, el sol estaba bajo, pero desde allí se continuaba apreciando alto, porque no había nada que obstruyera divisar su redonda forma y su intensa luz. De hecho, sí había algo que de tanto en tanto, hacía desaparecer su figura, aunque no su luz: las nubes.
Fijé la vista en ellas, y en la dirección que tomaban, y volviendo la vista atrás, busqué el inicio de su trayecto.
Las rocosas agujas eran el extremo superior de las laderas del que antaño había sido un activo volcán, por lo que se unían formando una figura circular, dejando en el centro la parte hundida que correspondía a su cráter, que hacía tiempo había sido una explosión de luz y calor, y que actualmente era de un hermoso y calmado color verde.
Verde, verde y a veces, blanco. Blanco, blanco algodón. Algodón, nubes de algodón.
Observando el color verde del hundido cráter, de repente, de la nada, se creó una disipada tela blanca que se fue haciendo cada vez más tupida, fue cogiendo cuerpo, hasta convertirse en una preciosa nube.
Estaba estupefacta. No lo podía concebir. Acababa de contemplar el nacimiento de las nubes. Se fueron creando una detrás de otra, y estás se fueron agrupando hasta crear todo un mar de nubes a mi alrededor que finalmente dieron muerte a aquel sol, que tanto se agradecía dada la baja temperatura. Me rodearon como si quisieran saludarme, y a la vez, saludar a la vida que empezaba para ellas, las nubes.
Me invadió el infantil pensamiento de desear que las nubes fueran realmente de algodón para así poder estirar los brazos, robar un trocito de una de ellas y guardarlo como un tesoro que siempre me recordaría ese momento.
Pasaron varios minutos, y cuando el frío se hizo insoportable y la noche empezaba a reclamar su existencia, tomé la decisión, mucho a mi pesar, de iniciar el descenso.
En mi rostro se dibujó una dulce sonrisa, una sonrisa que no quería desaparecer. Me sentía como una niña pequeña que acaba de descubrir un secreto y no lo quiere compartir para hacerlo sólo suyo. Era demasiado feliz, para dejar disipar esa sonrisa, porque sabía que nunca lo olvidaría. Nada más importaba en ese momento, sólo la experiencia de haber realizado desde aquel bello paraje... un paseo con las nubes.
Fotos de Karppi
Música de Rodrigo Leao
Dedicado a mis amigos Mada y Toni, a Virginia, y al palmero Ernesto.
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